La financiación de los partidos sigue siendo opaca
Fuente: solidaridad.net
Y con la vista puesta en unas nuevas elecciones, y abierta una campaña que suele significar la gran inversión de los partidos, un grupo de expertos del Consejo de Europa llega a la conclusión, de nuevo, de que la financiación de los partidos políticos españoles sigue siendo insuficientemente transparente.
La conclusión a la que llega este informe del Consejo de Europa resulta así de severa para la deseable transparencia de los partidos españoles: España no ha avanzado en la transparencia de las finanzas de sus partidos políticos. En concreto, los préstamos de los bancos conseguidos en condiciones favorables y las cancelaciones de créditos sin justificación suficiente, siguen siendo una fórmula muy criticada por el Grupo de Estados contra la Corrupción, un órgano del Consejo de Europa.
El Grupo de Estados contra la Corrupción suspende a España en este último informe por no cumplir satisfactoriamente ninguna de sus seis recomendaciones efectuadas en otro informe anterior sobre la misma materia. Se recuerda, en efecto, en este informe de ahora, que la legislación española en materia de financiación de partidos ya fue analizada hace un par de años por la misma institución del Consejo de Europa.
Los expertos consideraron entonces que había algunos aspectos en los que se debía mejorar para garantizar la transparencia de las finanzas de los partidos, uno de ellos, la opacidad de las cuentas de las agrupaciones locales, sobre todo en municipios de más de 20.000 habitantes. El informe señalaba la existencia de "malas prácticas" en un punto en donde "los riesgos de corrupción son particularmente altos", teniendo en cuenta, además, que, según los informes del Tribunal de Cuentas, el 25% de los ingresos de los partidos proviene de sus sedes locales.
Otros aspectos muy criticados eran los relacionados con la ausencia de información sobre las fundaciones vinculadas a partidos y las deudas de éstos con las entidades de crédito. El informe consideraba que las formaciones españolas estaban en una posición muy vulnerable, por su dependencia de los bancos. Sus deudas en 2005 ascendían a 144 millones en créditos. Por todo ello, el documento concluía con seis recomendaciones que España debía aplicar en su legislación. Pues bien, dos años después, los expertos concluyen, en este nuevo análisis, que ninguna de esas recomendaciones se han cumplido "satisfactoriamente". La nota es, pues, un suspenso.
Otros datos del informe son que no hay datos suficientes como para concluir que el nivel de endeudamiento se haya reducido. No existe una regulación para determinar el límite de endeudamiento o las condiciones con las que se negocian los créditos, de tal forma que estos pueden llegar a confundirse con donaciones, sobre todo cuando se producen cancelaciones. También señala que el Tribunal de Cuentas no ha podido cruzar datos con el Banco de España. El Tribunal de Cuentas se ha quejado reiteradamente de recibir datos parciales sobre los ingresos procedentes de las fundaciones: "Si no podemos analizar la contabilidad de las fundaciones vinculadas y sólo los ingresos que den a los partidos", dicen estas fuentes, "no podemos conocer toda la realidad".
Los expertos afirman que no se ha avanzado nada en esta materia y que no existe seguridad de que créditos negociados en condiciones muy favorables puedan servir para eludir la ley. Y llegan a la conclusión de que España sigue estando en una posición muy vulnerable en esta materia.
Otra recomendación estaba relacionada con los ingresos de las sedes locales de los partidos. Eran opacos en 2009, y lo siguen siendo en 2011: "No hay evidencia de que haya aumentado la transparencia respecto de los ingresos y los gastos de las sedes locales y entidades vinculadas". Asimismo, las contabilidades de los partidos son muy heterogéneas y siguen criterios diferentes, por lo que resulta muy complicado comparar la contabilidad de distintas formaciones. No se presentan cuentas consolidadas. "No hay una concepción única de las cuentas de un partido", señalan fuentes del Tribunal de Cuentas. "Los hay que consideran como entidades diferentes del partido y a su grupo parlamentario", explican. En este aspecto, los expertos del “Greco” habían solicitado que todos los partidos siguieran un mismo sistema contable, y el Parlamento español había solicitado en junio del año pasado al Tribunal de Cuentas que elaborara un plan de contabilidad, que debía estar listo en el segundo semestre de 2011. La indicación, por tanto, ha sido "parcialmente" atendida en esta materia.
Los expertos también señalaron que los partidos carecían de un control interno de sus finanzas y no realizaban auditorías externas., y el Tribunal de Cuentas, en un informe del 22 de junio de 2010, recomendaba a los partidos que establecieran tales sistemas de auditoria interna. A pesar de todo ello, el “Greco” concluye ahora que no hay evidencias de mejora en ese aspecto. En fin, las dos últimas indicaciones parecen haber sido atendidas sólo parcialmente. Una hacía referencia al Tribunal de Cuentas y a la necesidad de reforzar sus medios y el personal necesario para llevar a cabo el trabajo de inspección. Los expertos, tras su visita a España, destacan que sólo se ha contratado a una persona para aumentar la plantilla de dicha institución. Por último, demandaban una normativa sancionadora en la materia para los casos de incumplimiento.
Pero da la impresión de que a las autoridades de cada partido no parece que sea ésta una preocupación mayor ni un interés “desbordante”. ¿Han escuchado en boca de algún dirigente político su preocupación por el descontrol de sus propios datos, o los de sus adversarios políticos? Hay constancia de que se gasta demasiado, y es probable que, alcanzados por la crisis, esta campaña actual se haya visto forzada a recortar gastos. Pero nada trasciende, ninguna instrucción llega a conocerse. Todo se cocina en la ocultación más cerrada e impenetrable. Y el Tribunal de Cuentas no suele cooperar en que ese clima de opacidad se quiebre...
Autor: José Cavero- Fecha: 2011-08-
martes, 23 de agosto de 2011
CUENTAS Y BALANCE DE LA JMJ
Cuentas y balance de la JMJ
Por Fernando Giménez Barriocanal, director financiero de la Jornada Mundial de la Juventud (EL MUNDO, 22/08/11):
La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) ha supuesto un acontecimiento extraordinario. La presencia en Madrid de dos millones de jóvenes, venidos de 193 países de los cinco continentes, ha sido el mayor evento internacional en todo el mundo en 2011 y el más grande conocido en España jamás.
Y las cuentas cuadran: las económicas y, por supuesto, las otras, las que más cuentan. Desde el primer minuto nos propusimos que la JMJ se autofinanciara y supusiera un coste cero para el contribuyente. Lo hemos conseguido. Es más, lo hemos superado, porque no sólo no ha recibido dinero de las arcas públicas, sino que ha supuesto una inyección de más de 100 millones de euros para la economía española.
Las cifras son elocuentes: más de dos millones de participantes a lo largo de la semana y más de 700.000 extranjeros -por encima del 1% del total de visitantes a nuestro país en todo un año- han dejado ilusión, esperanza y, por supuesto, desarrollo económico en una España en crisis.
Agradecemos sinceramente el apoyo de todas las administraciones -la estatal, la autonómica y la local-, que entendieron perfectamente la trascendencia del acto y que trabajaron todos a una para el éxito del mismo. Jamás les pedimos dinero, sólo apoyo, infraestructuras y puesta a disposición de aquellos bienes públicos que son de todos.
Hoy sabemos que el incremento incuestionable de actividad económica que ha generado la JMJ en nuestro país supondrá unos ingresos fiscales muy superiores a los beneficios concedidos por su catalogación de evento de excepcional interés; por cierto, lo mismo que otros 15 vigentes en España en 2011. Por tanto, el hecho es que las administraciones públicas no han financiado la Jornada Mundial de la Juventud.
Hay otras cuentas que cuadran satisfactoriamente: son las de la valiosa aportación que la JMJ ha supuesto para Madrid y para la marca España. Cientos de millones de personas de todo el mundo, a través de la televisión, han podido visualizar las virtudes de Madrid y de España entera. De manera particular, todos los extranjeros venidos a la JMJ que se convierten en auténticos embajadores de nuestra tierra. ¿Cuál es el valor de todo esto?
La organización se ha guiado por criterios de austeridad, transparencia y solidaridad. Austeridad, porque hemos procurado reducir el coste todo lo posible y, por supuesto, no gastar lo que no ingresáramos. Transparencia, entre otras cosas, porque hemos publicado nuestros presupuestos y explicado con sencillez sus cifras: un gasto de 50,5 millones de euros financiado por los propios peregrinos en casi un 70%, mientras que el resto vino de donativos y patrocinios. Las cifras están ahí y la auditoría externa será pública tan pronto como concluya. Y solidaridad porque, gracias a la contribución generosa de todos los jóvenes, miles de personas de países en precariedad han podido participar.
Pero hay otras cuentas más importantes, mucho más importantes. El papa Benedicto XVI ha llenado los corazones de los jóvenes de palabras de esperanza, de ilusión y de compromiso. Una juventud, como él mismo dijo el primer día, envuelta en problemas -paro, falta de valores, discriminación…- que precisa de una luz que ilumine su vida, que la edifique sobre roca y que se cimente en la verdad. Sí, la JMJ no ha sido ajena al sufrimiento y a las dificultades de todos los jóvenes, como se ha puesto de manifiesto, de manera particular, en el histórico vía crucis de Recoletos -jamás se verá algo igual- o en la visita de Su Santidad a San José.
El Papa ha invitado a los jóvenes a buscar con ansia la verdad que da sentido al hombre, a enseñar sus caminos en las Universidades -lo dijo en el acto de El Escorial- o ser testigos de la misma de manera privilegiada, consagrando su vida -lo ha afirmado en los actos con las religiosas y los seminaristas-. Ayer, en el aeródromo de Cuatro Vientos, el Papa recordó a los jóvenes su naturaleza de hijos de Dios, amados por él e invitados, en el seno de la Iglesia, a ser testigos vivos ante los demás del tesoro que han recibido. Este Papa llega a los jóvenes con su discurso y con sus gestos sencillos. Jamás olvidarán los jóvenes al Papa de rodillas en Cuatro Vientos, bajo la lluvia, rezando ante el Santísimo en la imponente custodia de Arce. Jamás se olvidará.
Han sido jornadas de oración, de meditación, de catequesis, de encuentro con otros jóvenes y de un amplísimo programa cultural. En estas jornadas se ha hablado de Dios y del hombre, de la felicidad y de la plenitud. Si alguien buscaba otros mensajes, no los habrá encontrado. Es el Evangelio, la buena noticia que todo hombre anhela albergar en su corazón.
Después de más de dos años de duro trabajo, los organizadores agradecemos a todos la acogida prestada y el respeto. Pero, sobre todo, agradecemos al Santo Padre su presencia. Gracias, Santo Padre.
Por Fernando Giménez Barriocanal, director financiero de la Jornada Mundial de la Juventud (EL MUNDO, 22/08/11):
La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) ha supuesto un acontecimiento extraordinario. La presencia en Madrid de dos millones de jóvenes, venidos de 193 países de los cinco continentes, ha sido el mayor evento internacional en todo el mundo en 2011 y el más grande conocido en España jamás.
Y las cuentas cuadran: las económicas y, por supuesto, las otras, las que más cuentan. Desde el primer minuto nos propusimos que la JMJ se autofinanciara y supusiera un coste cero para el contribuyente. Lo hemos conseguido. Es más, lo hemos superado, porque no sólo no ha recibido dinero de las arcas públicas, sino que ha supuesto una inyección de más de 100 millones de euros para la economía española.
Las cifras son elocuentes: más de dos millones de participantes a lo largo de la semana y más de 700.000 extranjeros -por encima del 1% del total de visitantes a nuestro país en todo un año- han dejado ilusión, esperanza y, por supuesto, desarrollo económico en una España en crisis.
Agradecemos sinceramente el apoyo de todas las administraciones -la estatal, la autonómica y la local-, que entendieron perfectamente la trascendencia del acto y que trabajaron todos a una para el éxito del mismo. Jamás les pedimos dinero, sólo apoyo, infraestructuras y puesta a disposición de aquellos bienes públicos que son de todos.
Hoy sabemos que el incremento incuestionable de actividad económica que ha generado la JMJ en nuestro país supondrá unos ingresos fiscales muy superiores a los beneficios concedidos por su catalogación de evento de excepcional interés; por cierto, lo mismo que otros 15 vigentes en España en 2011. Por tanto, el hecho es que las administraciones públicas no han financiado la Jornada Mundial de la Juventud.
Hay otras cuentas que cuadran satisfactoriamente: son las de la valiosa aportación que la JMJ ha supuesto para Madrid y para la marca España. Cientos de millones de personas de todo el mundo, a través de la televisión, han podido visualizar las virtudes de Madrid y de España entera. De manera particular, todos los extranjeros venidos a la JMJ que se convierten en auténticos embajadores de nuestra tierra. ¿Cuál es el valor de todo esto?
La organización se ha guiado por criterios de austeridad, transparencia y solidaridad. Austeridad, porque hemos procurado reducir el coste todo lo posible y, por supuesto, no gastar lo que no ingresáramos. Transparencia, entre otras cosas, porque hemos publicado nuestros presupuestos y explicado con sencillez sus cifras: un gasto de 50,5 millones de euros financiado por los propios peregrinos en casi un 70%, mientras que el resto vino de donativos y patrocinios. Las cifras están ahí y la auditoría externa será pública tan pronto como concluya. Y solidaridad porque, gracias a la contribución generosa de todos los jóvenes, miles de personas de países en precariedad han podido participar.
Pero hay otras cuentas más importantes, mucho más importantes. El papa Benedicto XVI ha llenado los corazones de los jóvenes de palabras de esperanza, de ilusión y de compromiso. Una juventud, como él mismo dijo el primer día, envuelta en problemas -paro, falta de valores, discriminación…- que precisa de una luz que ilumine su vida, que la edifique sobre roca y que se cimente en la verdad. Sí, la JMJ no ha sido ajena al sufrimiento y a las dificultades de todos los jóvenes, como se ha puesto de manifiesto, de manera particular, en el histórico vía crucis de Recoletos -jamás se verá algo igual- o en la visita de Su Santidad a San José.
El Papa ha invitado a los jóvenes a buscar con ansia la verdad que da sentido al hombre, a enseñar sus caminos en las Universidades -lo dijo en el acto de El Escorial- o ser testigos de la misma de manera privilegiada, consagrando su vida -lo ha afirmado en los actos con las religiosas y los seminaristas-. Ayer, en el aeródromo de Cuatro Vientos, el Papa recordó a los jóvenes su naturaleza de hijos de Dios, amados por él e invitados, en el seno de la Iglesia, a ser testigos vivos ante los demás del tesoro que han recibido. Este Papa llega a los jóvenes con su discurso y con sus gestos sencillos. Jamás olvidarán los jóvenes al Papa de rodillas en Cuatro Vientos, bajo la lluvia, rezando ante el Santísimo en la imponente custodia de Arce. Jamás se olvidará.
Han sido jornadas de oración, de meditación, de catequesis, de encuentro con otros jóvenes y de un amplísimo programa cultural. En estas jornadas se ha hablado de Dios y del hombre, de la felicidad y de la plenitud. Si alguien buscaba otros mensajes, no los habrá encontrado. Es el Evangelio, la buena noticia que todo hombre anhela albergar en su corazón.
Después de más de dos años de duro trabajo, los organizadores agradecemos a todos la acogida prestada y el respeto. Pero, sobre todo, agradecemos al Santo Padre su presencia. Gracias, Santo Padre.
domingo, 14 de agosto de 2011
ENTREVISTA AL CARDENAL ROUCO SOBRE LA JMJ
Día 14/08/2011 - 02.47h
ÁNGEL DE ANTONIO
El cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, durante un momento de la entrevista con ABC
ÁNGEL DE ANTONIO
La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) vuelve a España después de 22 años. Hasta el momento Santiago de Compostela era la única ciudad española que ostentaba el privilegio de acoger este encuentro del Papa con los jóvenes de todo el mundo. Fue en el verano de 1989, bajo el pontificado de Juan Pablo II y con el cardenal Antonio María Rouco Varela al frente de esa diócesis. El arzobispo de Madrid recibe en su casa a ABC para explicar la enorme trascendencia que este evento tendrá no solo para la Iglesia, sino también para España. El cardenal se muestra convencido del «gran influjo humanizador» de la JMJ, capaz de llevar a la sociedad, en medio de «una crisis que no es solo económica sino también moral» a «una revalorización de virtudes tan elementales como son la humildad, la solidaridad, el sentido de justicia, de la fortaleza y la templanza».
—¿Cómo marchan los preparativos de la JMJ?
—Se dan las dificultades normales en el proceso de ejecución de un programa muy complejo, pero todo va muy bien. Madrid se convertirá estos días en una gran familia de un millón de jóvenes y, como en toda familia, es necesario procurarles un techo para dormir, alimentarles, ofrecerles ayuda espiritual… en una palabra: un marco humano y espiritualmente propicio —¡el mejor!— para ese gran momento con Jesucristo que el Santo Padre quiere y busca para los jóvenes de comienzos del tercer milenio. Una «familia» que pondrá de manifiesto muy sugestivamente lo que es la Iglesia presidida por el Sucesor de Pedro, el Papa, el Padre Común de la cristiandad, que estará presente en Madrid. Todos los actos que se están preparando, desde los festivos hasta los litúrgicos, adquieren por ello significado y proporciones excepcionales.
—¿Hay alguna razón especial para que España haya sido elegida sede de la Jornada Mundial de la Juventud?
—Creo que más de una. La JMJ volvía a Europa después de Sidney (2008). De los grandes países europeos, desde el punto de vista de la implantación de la Iglesia católica en su población, casi todos se habían hecho cargo de una JMJ e incluso Roma había repetido. Por esa razón, el hecho de que Madrid lo pidiera no sonaba extraño. Entre las razones específicas entendíamos que, después de la experiencia de la pastoral juvenil de la Archidiócesis de Madrid, de la misión universitaria, de «la misión joven» y de nuestro plan pastoral se trataba de ampliar ese camino y de poder compartirlo con toda la Iglesia, ofreciéndonos al Santo Padre para que dispusiera de nosotros como fuese más conveniente para los objetivos pastorales de las JMJ. También la peculiaridad de España, forjada por «la catolicidad», es decir, por su vocación histórica de apertura a lo universal jugó a nuestro favor. La Iglesia en España abre en el siglo XVI el capítulo moderno de la historia de la Iglesia con su dimensión misionera enriquecida por un amplísimo y desconocido horizonte de una nueva universalidad. La Iglesia se abría al Nuevo Mundo, recién descubierto.
—Este ambiente que vive España y que el propio Benedicto XVI ha calificado como de un «laicismo agresivo» ¿puede también haber influido finalmente en la decisión?
—No creo. De todos modos, el Santo Padre siempre tiene en cuenta las características humanas y eclesiales del momento y del lugar en que se produce su visita, pero no me parece que ese haya sido el motivo primordial a la hora de tomar su decisión. Si estuviéramos en una situación de una especie de paraíso pastoral y espiritual, el Papa también hubiera elegido España. En cualquier caso es una singularísima gracia de Dios que el Papa nos visite en una situación de crisis moral y religiosa, que no solo afecta a España sino también a Europa. Ya Juan Pablo II exhortaba, con tono muy apremiante, en su visita de 2003 a los católicos españoles y a la Iglesia en España en general a no olvidar nuestra vocación misionera en esta hora histórica de la nueva evangelización de Europa.
—El Papa ha convocado a esta JMJ a creyentes y no creyentes ¿Cuál es el espíritu de este encuentro?
—Mostrar a la Iglesia abierta al mundo en el anuncio del Evangelio, que es una buena noticia para todos los que quieran oírla y que es accesible y suena a la verdad y al bien que el hombre espera cuando no se cierra a Dios. El modo en cómo se presenta y desarrolla la experiencia de la Iglesia en la JMJ hace más fácil que los jóvenes que no son católicos acojan el mensaje y lo comprendan, porque se recibe en un medio humano de gran riqueza espiritual y de gran fraternidad y, por lo tanto, como un testimonio de lo que es el Evangelio, vivido y verificable en la realidad de sus vidas. Estamos felices de que el Santo Padre haya convocado a todos los jóvenes del mundo, sea cual sea la situación de fe en la que se encuentren. Estoy seguro de que muchos vendrán efectivamente con una disposición de ánimo, que se podría caracterizar entre curiosa y escéptica, pero también con una cierta expectación de qué me va a pasar, de que algo nuevo y grande puede ocurrir en mi vida. Para muchos será una conmoción y una conversión que cambia el rumbo de su existencia. Para los que están dentro de la Iglesia: un ir más al fondo de su vocación cristiana, ya sea la del sacerdocio, la vida consagrada o la del matrimonio y la familia cristiana.
—¿Qué impacto cree que puede llegar a tener la JMJ en la sociedad?
—La ciudad de Madrid va a vivir días de alegría verdadera desconocida y contagiosa. De una originalidad que supera los modos de diversión de moda habituales entre muchos jóvenes. Una «movida» excepcional que proporciona alegría a todos y ninguna molestia a nadie. Serán unos días de gozo que nos recordarán que hay una juventud distinta de las que muchos creen que es la corriente y la normal: una juventud abierta a Dios y al Evangelio, que quiere que su vida sea un sí a Dios, y con una sensibilidad hacia el prójimo, hacia sus problemas de paro, familiares o de fracaso profesional, extraordinariamente generosa. En fin, en medio de todo ese tipo de aflicciones que sufren nuestras jóvenes generaciones en nuestra sociedad, se encuentran estos jóvenes dispuestos a ser testigos de una nueva humanidad, abriendo el camino de la civilización del amor. Madrid y también España quedarán por lo menos consoladas y reconfortadas, y recibirán impulso e ilusión para emprender nuevas rutas, con una disposición y una fuerza espiritual que les permita encontrar la justa y solidaria solución a muchos de sus problemas.
—¿Cree que esta JMJ nos va a ayudar a recuperar valores perdidos?
—Va ayudar a todos y, sobre todo, a los jóvenes a situarse en la vida como el lema de la JMJ sugiere: «Firmes en la fe» y gozosos de haber encontrado a Aquel que nos da los fundamentos para poder vivir la fe firme y valerosamente. Que no es lo mismo que decir de forma orgullosa, soberbia o avasalladora, sino serena, plena, no vacilante. Y también con vocación de convertirla en obras, hechos y formas de vida. Eso sí que va a ser un fruto de la JMJ: una renovación de la fe de los jóvenes que vienen y una renovación de la fe de la sociedad que los acoge. Lo cual tiene directamente que ver con la revalorización de virtudes tan elementales como son la humildad, la solidaridad, el sentido de justicia, de la fortaleza y de la templanza. El amor cristiano produce el efecto en las personas de proponerse y comprometerse a organizar el mundo con mayor justicia, de adoptar una actitud frente al prójimo de cercanía, de compañía, de tender la mano, de levantar el corazón y el ánimo. Una experiencia de Iglesia como la JMJ encierra una extraordinaria capacidad de influjo humanizador.
—De todos los encuentros que mantendrá el Papa llama la atención el que tendrá lugar con jóvenes profesores universitarios ¿Tiene un significado especial esta cita?
—Es la primera vez en la historia de las JMJ que sucede. Esperamos mucho de este encuentro, porque no se puede olvidar que la mayoría de los jóvenes que participan en la JMJ son universitarios. Para las jóvenes generaciones resulta fundamental poder encontrar una orientación clara y luminosa de lo que tiene que ser su formación intelectual, inseparable de la búsqueda sincera de la verdad y de la voluntad firme de difusión de la misma. Una formación universitaria bien lograda, intelectual y espiritualmente, da inmediatamente frutos muy fecundos en la vida política, social, cultural y familiar; tan urgentes, por otra parte, en un momento de una crisis tan profunda y compleja como la que vivimos.
—¿Se trata solo de una crisis económica?
—Una crisis económica y financiera ciertamente; pero, además, crisis ética y de concepción del hombre. A veces se piensa y se opera como si fuese posible a corto y medio plazo superar los aspectos más económicos o materiales de la crisis, sin ocuparse del trasfondo moral, espiritual e intelectual, que la envuelve y condiciona en su raíz. El encuentro, por lo tanto, con los profesores universitarios de nuestras universidades no podemos por menos de valorarlo como de providencial. Sintoniza, por otra parte, muy bien con las especiales características de cómo el Santo Padre ejerce su ministerio pastoral en cuanto Pastor y Maestro de la Iglesia Universal.
—¿Echa de menos que esta relación de colaboración sobre todo con el Gobierno central en la organización de este evento no se haya producido en otras cuestiones que han sido primordiales estos años?
—La forma de cooperación tan positiva y tan cordial como se está dando en la JMJ es un buen modelo para el futuro en estas y otras cuestiones en las que están implicadas la misión de la Iglesia y su servicio a la sociedad y a la persona humana. No hay duda de que la JMJ nos está ayudando a apreciar lo que vale un clima de apertura y de comprensión de la misión de la Iglesia, cuando se trata de la búsqueda del bien común, es decir, cuando está en juego una construcción de la sociedad: justa, solidaria, verdaderamente amiga de la dignidad de la persona humana, que se ve expuesta frecuentemente a heridas y desconsideraciones graves, sobre todo, si se muestra pobre, débil e indefensa.
—En España se celebran muchos eventos internacionales, pero en el caso de la JMJ la Iglesia se ha visto de alguna manera «obligada» a justificar la celebración de este evento en los beneficios económicos que conlleva la visita del Papa ¿La Iglesia se siente presionada?
—Son objeciones habituales. También ocurrió en 1989 con la visita del Papa a Santiago. Una objeción, además, muy típica de la sociedad moderna y, comprensiblemente también, de la postmoderna, a la vista del trato que ciertos de sus sectores, suelen dispensar a la Iglesia. Ha tardado en manifestarse y sin excesivos extremismos. La respuesta creo que la ha dado claramente el director financiero de la JMJ, Fernando Giménez Barriocanal. Él ha apurado el argumento y lo ha devuelto en la forma clásica del argumento «ad hominen» de los escolásticos. La visita del Papa no solo no supone un coste adicional sino un beneficio, en tanto se presenta como un momento de nuevas posibilidades económicas para Madrid y para España e, incluso, para el empleo.
—¿Teme que en esta ocasión también se politice la visita del Papa?
—No. Que tenga consecuencias y que se pueda extraer alguna conclusión relacionada con la situación política de España es posible; pero una politización de la visita en sentido estricto, no es de esperar.
—Llevamos muchos años inmersos en un proyecto de «reingeniería social», ¿cree que ha llegado el momento de una regeneración?
—Sin duda. No hay tiempo ninguno que perder en la gran tarea de una renovación profunda de las conciencias y de los ambientes sociales y culturales junto con las condiciones jurídicas, para que el matrimonio y la familia puedan volver a ganarse la ilusión de las generaciones jóvenes. Estoy seguro de que la JMJ va ayudar mucho para que los jóvenes descubran de nuevo lo que significan de bueno y de bello la familia y el matrimonio cristiano como vocación para sus vidas.
PACTO CONTRA LOS CIUDADANOS
Pacto contra los ciudadanos
19 jun 2011
El Público
JORGE FONSECA
El “Pacto por el Euro” fue presentado por el Consejo europeo como un pacto por “la competitividad y el empleo”, “la estabilidad financiera, las finanzas públicas y el euro”, como si un euro sobrevalorado fuese bueno para todos. En realidad es contrario a los intereses mayoritarios, pues destroza la competitividad de las empresas, especialmente pymes, que generan el 80% del empleo, porque el euro fuerte (dólar barato) encarece los productos locales y abarata los de fuera de Europa, provocando déficit comercial, ruina de empresas, desempleo y miseria para millones de trabajadores y una profunda recesión económica que reduce la recaudación impositiva y dispara el déficit y la deuda pública. Las únicas beneficiadas son las grandes transnacionales que deslocalizan su producción a China y otros países, comprando barato empresas locales gracias al euro fuerte y exportando desde allí hacia Europa y EEUU. Especialmente las alemanas, que en la década anterior a la crisis duplicaron su superávit comercial con EEUU.
La recesión y el desempleo masivo dispararon el impago de créditos e hipotecas, jaqueando a la banca que, después de años de especulación con hipotecas, acciones, materias primas y bonos de deuda pública y privada, (creando una burbuja financiera), se enfrentaba a pérdidas y al riesgo de no cobrar los bonos de deuda de los países más desvastados por el euro (Irlanda, Grecia, Portugal y España). Aunque con ayuda de las “agencias de calificación” seguían especulando con sus bonos, con ayuda del Banco Central Europeo (BCE) consiguieron masivas ayudas de dinero y avales de los Estados, que quedaron al borde de la quiebra.
En interés de la banca, el núcleo dominante en la Unión Europea y el FMI bajo la batuta de Alemania impusieron a los países afectados brutales recortes salariales y sociales y el aumento de impuestos al consumo para conseguir superávit que permita pagar la deuda, con un tremendo coste social y más recesión, creando un círculo vicioso de recesión-ajuste- más recesión-más ajuste.
El “Pacto por el Euro” busca garantizar ese ajuste y también mantener un euro sobrevalorado (nada justifica su revalorización del 50% respecto al dólar desde 2003) para beneficio conjunto de las transnacionales y la banca, que otorgó créditos en euros y tiene deudas en dólares, (por lo que, a euro más alto, más ganancia). El BCE, con el argumento absurdo de combatir la inflación, incluso cuando el riesgo es de deflación, en la crisis mantiene los tipos de interés cinco veces más altos que en EEUU, lo que atrae capitales especulativos y revaloriza el euro a costa de encarecer el crédito y acentuar la recesión. Para pagarla, los países con más deuda realizan una masiva privatización de activos públicos (en España desde la muy rentable Loterías del Estado, las Cajas de Ahorro, el abastecimiento de agua, hasta segmentos de la sanidad y la educación, bocados apetitosos que garantizan altas rentas). También bajan impuestos al capital, suben los del consumo y las tarifas de servicios, bajan salarios públicos y privados, reducen pensiones y aumentan los años de trabajo para jubilarse. El Pacto también exige “descentralizar la negociación colectiva” para reducir la fuerza de los sindicatos, y la “flexibilización laboral” para reducir derechos laborales. El “Pacto”, por tanto, es contra Europa y sus ciudadanos y provoca lo contrario a lo que pregona pues empeora la competitividad y multiplica la deuda, divide a los europeos y fortalece a la ultraderecha.
Quizás algunos empresarios crean que les beneficia, pero para la mayoría que vive del consumo interno, y principalmente para las pymes, es un espejismo, pues profundiza la crisis y expande la pobreza, destruyendo el presente y el futuro de generaciones enteras, pues provocará una década de estancamiento, como en América Latina en los ochenta, pues todo esfuerzo por mejorar competitividad es barrido por efecto del euro sobrevalorado.
Los países del Sur deberían exigir una devaluación programada del euro (hasta equipararlo al dólar), que ayudaría a su existencia. Y a la cohesión social, seriamente deteriorada. Además de un euro competitivo se requiere una reforma fiscal que combata el fraude fiscal (podrían obtenerse 50.000 millones), y grave a los 100.000 españoles que concentran un billón de euros de riqueza (con un impuesto del 5% aportarían otros 50.000 millones). También que elimine privilegios fiscales y prohíba operar en paraísos fiscales (el 80% de las empresas del Ibex35 lo hacen). La creación de una banca pública eficiente con control ciudadano a partir de las Cajas de Ahorro, en vez de privatizarlas, ayudaría a financiar un nuevo modelo productivo y un plan para recuperar la economía y la confianza de los ciudadanos, muy debilitadas. También hay que desandar la reforma laboral y la de pensiones, ayudar a familias al borde del desahucio en vez de a la banca y adoptar medidas que reactiven la economía (empleo público de parados para cumplir con la Ley de Dependencia, por ejemplo), y que combatan la exclusión social. Estas podrían ser las bases para una democracia auténtica que acabe con el totalitarismo de mercado, en el que el capital financiero suplanta a la voluntad ciudadana.
Jorge Fonseca es catedrático EU de Economía APlicada de la Universidad COmplutense y miembro del COnsejo Científico de Attac.
19 jun 2011
El Público
JORGE FONSECA
El “Pacto por el Euro” fue presentado por el Consejo europeo como un pacto por “la competitividad y el empleo”, “la estabilidad financiera, las finanzas públicas y el euro”, como si un euro sobrevalorado fuese bueno para todos. En realidad es contrario a los intereses mayoritarios, pues destroza la competitividad de las empresas, especialmente pymes, que generan el 80% del empleo, porque el euro fuerte (dólar barato) encarece los productos locales y abarata los de fuera de Europa, provocando déficit comercial, ruina de empresas, desempleo y miseria para millones de trabajadores y una profunda recesión económica que reduce la recaudación impositiva y dispara el déficit y la deuda pública. Las únicas beneficiadas son las grandes transnacionales que deslocalizan su producción a China y otros países, comprando barato empresas locales gracias al euro fuerte y exportando desde allí hacia Europa y EEUU. Especialmente las alemanas, que en la década anterior a la crisis duplicaron su superávit comercial con EEUU.
La recesión y el desempleo masivo dispararon el impago de créditos e hipotecas, jaqueando a la banca que, después de años de especulación con hipotecas, acciones, materias primas y bonos de deuda pública y privada, (creando una burbuja financiera), se enfrentaba a pérdidas y al riesgo de no cobrar los bonos de deuda de los países más desvastados por el euro (Irlanda, Grecia, Portugal y España). Aunque con ayuda de las “agencias de calificación” seguían especulando con sus bonos, con ayuda del Banco Central Europeo (BCE) consiguieron masivas ayudas de dinero y avales de los Estados, que quedaron al borde de la quiebra.
En interés de la banca, el núcleo dominante en la Unión Europea y el FMI bajo la batuta de Alemania impusieron a los países afectados brutales recortes salariales y sociales y el aumento de impuestos al consumo para conseguir superávit que permita pagar la deuda, con un tremendo coste social y más recesión, creando un círculo vicioso de recesión-ajuste- más recesión-más ajuste.
El “Pacto por el Euro” busca garantizar ese ajuste y también mantener un euro sobrevalorado (nada justifica su revalorización del 50% respecto al dólar desde 2003) para beneficio conjunto de las transnacionales y la banca, que otorgó créditos en euros y tiene deudas en dólares, (por lo que, a euro más alto, más ganancia). El BCE, con el argumento absurdo de combatir la inflación, incluso cuando el riesgo es de deflación, en la crisis mantiene los tipos de interés cinco veces más altos que en EEUU, lo que atrae capitales especulativos y revaloriza el euro a costa de encarecer el crédito y acentuar la recesión. Para pagarla, los países con más deuda realizan una masiva privatización de activos públicos (en España desde la muy rentable Loterías del Estado, las Cajas de Ahorro, el abastecimiento de agua, hasta segmentos de la sanidad y la educación, bocados apetitosos que garantizan altas rentas). También bajan impuestos al capital, suben los del consumo y las tarifas de servicios, bajan salarios públicos y privados, reducen pensiones y aumentan los años de trabajo para jubilarse. El Pacto también exige “descentralizar la negociación colectiva” para reducir la fuerza de los sindicatos, y la “flexibilización laboral” para reducir derechos laborales. El “Pacto”, por tanto, es contra Europa y sus ciudadanos y provoca lo contrario a lo que pregona pues empeora la competitividad y multiplica la deuda, divide a los europeos y fortalece a la ultraderecha.
Quizás algunos empresarios crean que les beneficia, pero para la mayoría que vive del consumo interno, y principalmente para las pymes, es un espejismo, pues profundiza la crisis y expande la pobreza, destruyendo el presente y el futuro de generaciones enteras, pues provocará una década de estancamiento, como en América Latina en los ochenta, pues todo esfuerzo por mejorar competitividad es barrido por efecto del euro sobrevalorado.
Los países del Sur deberían exigir una devaluación programada del euro (hasta equipararlo al dólar), que ayudaría a su existencia. Y a la cohesión social, seriamente deteriorada. Además de un euro competitivo se requiere una reforma fiscal que combata el fraude fiscal (podrían obtenerse 50.000 millones), y grave a los 100.000 españoles que concentran un billón de euros de riqueza (con un impuesto del 5% aportarían otros 50.000 millones). También que elimine privilegios fiscales y prohíba operar en paraísos fiscales (el 80% de las empresas del Ibex35 lo hacen). La creación de una banca pública eficiente con control ciudadano a partir de las Cajas de Ahorro, en vez de privatizarlas, ayudaría a financiar un nuevo modelo productivo y un plan para recuperar la economía y la confianza de los ciudadanos, muy debilitadas. También hay que desandar la reforma laboral y la de pensiones, ayudar a familias al borde del desahucio en vez de a la banca y adoptar medidas que reactiven la economía (empleo público de parados para cumplir con la Ley de Dependencia, por ejemplo), y que combatan la exclusión social. Estas podrían ser las bases para una democracia auténtica que acabe con el totalitarismo de mercado, en el que el capital financiero suplanta a la voluntad ciudadana.
Jorge Fonseca es catedrático EU de Economía APlicada de la Universidad COmplutense y miembro del COnsejo Científico de Attac.
viernes, 12 de agosto de 2011
ALEMANIA DEBE DEFENDER EL EURO
Alemania debe defender el euro
Por George Soros, presidente de Soros Fund Management y del Open Society Institute. Traducido al español por Leopoldo Gurman (Project Syndicate, 11/08/11):
Los mercados financieros detestan la incertidumbre; por eso han entrado en modo de crisis. Los gobiernos de la eurozona han dado algunos pasos significativos en la dirección adecuada para resolver la crisis del euro, pero, obviamente, no avanzaron lo suficiente como para tranquilizar los mercados.
En su reunión del 21 de julio, las autoridades europeas aprobaron un conjunto de medidas parciales. Decidieron que su nueva agencia fiscal, el Fondo Europeo para la Estabilidad Financiera (EFSF), debe ocuparse de los problemas de solvencia, pero no aumentaron su tamaño. Esto no fue suficiente para establecer una autoridad fiscal creíble para la zona del euro. Y el nuevo mecanismo no entrará en funcionamiento al menos hasta septiembre. Mientras tanto, la disposición sobre liquidez del Banco Central Europeo es la única forma de evitar un colapso en el precio de los bonos emitidos por varios países europeos.
De igual forma, los líderes de la eurozona ampliaron las atribuciones del EFSF para incluir la solvencia de los bancos, pero no llegaron a transferir la supervisión de los bancos de las agencias nacionales a un organismo europeo. Y ofrecieron un paquete de ayuda ampliada a Grecia sin generar credibilidad sobre el éxito del rescate: organizaron la participación de los tenedores de bonos en el paquete de rescate griego, pero el acuerdo benefició más a los bancos que a Grecia.
Tal vez lo más preocupante es que Europa finalmente reconoció el principio –aceptado desde hace mucho tiempo por el FMI– de que los países en los programas de rescate no deben ser penalizados a través de las tasas de interés, pero ese mismo principio no se hizo extensivo a los países que aún no participan en los programas de rescate. Como resultado, España e Italia han tenido que pagar mucho más por su endeudamiento que lo que reciben de Grecia. Esto les da derecho a optar por salirse del rescate griego, planteando la perspectiva de que el paquete puede venirse abajo. Los mercados financieros, reconociendo esta posibilidad, aumentaron la prima de riesgo sobre los bonos españoles e italianos hasta niveles insostenibles. La intervención del BCE ayudó, pero no solucionó el problema.
La situación se está tornando intolerable. Las autoridades tratan de ganar tiempo, pero el tiempo se acaba. La crisis se acerca rápidamente a un punto culminante.
Alemania y los demás miembros de la zona del euro con calificaciones AAA deberán decidir si están dispuestos a arriesgar su propio crédito para permitir que España e Italia refinancien sus bonos a tasas de interés razonables. De lo contrario, España e Italia serán empujadas inexorablemente hasta caer en programas de rescate. En resumen, Alemania y los demás países con calificaciones de bonos AAA deben acordar algún tipo de régimen de eurobonos. De otra forma, el euro se vendrá abajo.
Debe reconocerse que una cesación de pagos o una salida desordenada de la eurozona, incluso de un país pequeño como Grecia, desencadenaría una crisis bancaria comparable a la que causó la Gran Depresión. Ya no se trata de si vale la pena mantener una moneda común. El euro existe y su colapso causaría pérdidas incalculables al sistema bancario. Por lo tanto, la elección a la que se enfrenta Alemania es más aparente que real: y es una decisión cuyo costo aumentará a medida que la posponga.
La crisis del euro tuvo su origen en la decisión de la canciller alemana Angela Merkel, tomada luego de la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, estableciendo que la garantía contra futuras cesaciones de pagos sería responsabilidad individual de cada país y no de la Unión Europea. Y fue la pérdida de tiempo alemana que agravó la crisis griega y causó el contagio que la convirtió en una crisis existencial para Europa.
Solo Alemania puede revertir la dinámica de la desintegración europea. No será fácil: Merkel, después de todo, percibió correctamente el humor de los alemanes cuando tomó su fatídica decisión, y la atmósfera política interna desde entonces se ha tornado aún menos favorable a extender el crédito al resto de Europa.
Merkel puede superar la resistencia política solo en una atmósfera de crisis, y solo en forma gradual. El paso siguiente será ampliar el EFSF; pero, para cuando eso se logre, la calificación AAA francesa podría ya estar en peligro. De hecho, para cuando Alemania acepte un régimen de eurobonos, su propia calificación AAA podría verse comprometida.
La única forma en que Europa puede escapar de esta trampa es anticipando las reacciones de los mercados financieros en vez de ceder ex post a sus presiones. Esto exigirá un intenso debate e introspección, especialmente en Alemania que, siendo la mayor y mejor calificada economía de la UE, se ha visto colocada en la posición de decidir el futuro de Europa.
Es un rol que Alemania ha evitado intensamente y que continúa sin deseos de aceptar. Pero la decisión para Alemania verdaderamente no es tal. Una ruptura del euro precipitaría una crisis bancaria que superaría la capacidad de control de las autoridades financieras mundiales. Cuanto más demore Alemania en reconocer esto, mayor será el precio que deberá pagar.
Por George Soros, presidente de Soros Fund Management y del Open Society Institute. Traducido al español por Leopoldo Gurman (Project Syndicate, 11/08/11):
Los mercados financieros detestan la incertidumbre; por eso han entrado en modo de crisis. Los gobiernos de la eurozona han dado algunos pasos significativos en la dirección adecuada para resolver la crisis del euro, pero, obviamente, no avanzaron lo suficiente como para tranquilizar los mercados.
En su reunión del 21 de julio, las autoridades europeas aprobaron un conjunto de medidas parciales. Decidieron que su nueva agencia fiscal, el Fondo Europeo para la Estabilidad Financiera (EFSF), debe ocuparse de los problemas de solvencia, pero no aumentaron su tamaño. Esto no fue suficiente para establecer una autoridad fiscal creíble para la zona del euro. Y el nuevo mecanismo no entrará en funcionamiento al menos hasta septiembre. Mientras tanto, la disposición sobre liquidez del Banco Central Europeo es la única forma de evitar un colapso en el precio de los bonos emitidos por varios países europeos.
De igual forma, los líderes de la eurozona ampliaron las atribuciones del EFSF para incluir la solvencia de los bancos, pero no llegaron a transferir la supervisión de los bancos de las agencias nacionales a un organismo europeo. Y ofrecieron un paquete de ayuda ampliada a Grecia sin generar credibilidad sobre el éxito del rescate: organizaron la participación de los tenedores de bonos en el paquete de rescate griego, pero el acuerdo benefició más a los bancos que a Grecia.
Tal vez lo más preocupante es que Europa finalmente reconoció el principio –aceptado desde hace mucho tiempo por el FMI– de que los países en los programas de rescate no deben ser penalizados a través de las tasas de interés, pero ese mismo principio no se hizo extensivo a los países que aún no participan en los programas de rescate. Como resultado, España e Italia han tenido que pagar mucho más por su endeudamiento que lo que reciben de Grecia. Esto les da derecho a optar por salirse del rescate griego, planteando la perspectiva de que el paquete puede venirse abajo. Los mercados financieros, reconociendo esta posibilidad, aumentaron la prima de riesgo sobre los bonos españoles e italianos hasta niveles insostenibles. La intervención del BCE ayudó, pero no solucionó el problema.
La situación se está tornando intolerable. Las autoridades tratan de ganar tiempo, pero el tiempo se acaba. La crisis se acerca rápidamente a un punto culminante.
Alemania y los demás miembros de la zona del euro con calificaciones AAA deberán decidir si están dispuestos a arriesgar su propio crédito para permitir que España e Italia refinancien sus bonos a tasas de interés razonables. De lo contrario, España e Italia serán empujadas inexorablemente hasta caer en programas de rescate. En resumen, Alemania y los demás países con calificaciones de bonos AAA deben acordar algún tipo de régimen de eurobonos. De otra forma, el euro se vendrá abajo.
Debe reconocerse que una cesación de pagos o una salida desordenada de la eurozona, incluso de un país pequeño como Grecia, desencadenaría una crisis bancaria comparable a la que causó la Gran Depresión. Ya no se trata de si vale la pena mantener una moneda común. El euro existe y su colapso causaría pérdidas incalculables al sistema bancario. Por lo tanto, la elección a la que se enfrenta Alemania es más aparente que real: y es una decisión cuyo costo aumentará a medida que la posponga.
La crisis del euro tuvo su origen en la decisión de la canciller alemana Angela Merkel, tomada luego de la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, estableciendo que la garantía contra futuras cesaciones de pagos sería responsabilidad individual de cada país y no de la Unión Europea. Y fue la pérdida de tiempo alemana que agravó la crisis griega y causó el contagio que la convirtió en una crisis existencial para Europa.
Solo Alemania puede revertir la dinámica de la desintegración europea. No será fácil: Merkel, después de todo, percibió correctamente el humor de los alemanes cuando tomó su fatídica decisión, y la atmósfera política interna desde entonces se ha tornado aún menos favorable a extender el crédito al resto de Europa.
Merkel puede superar la resistencia política solo en una atmósfera de crisis, y solo en forma gradual. El paso siguiente será ampliar el EFSF; pero, para cuando eso se logre, la calificación AAA francesa podría ya estar en peligro. De hecho, para cuando Alemania acepte un régimen de eurobonos, su propia calificación AAA podría verse comprometida.
La única forma en que Europa puede escapar de esta trampa es anticipando las reacciones de los mercados financieros en vez de ceder ex post a sus presiones. Esto exigirá un intenso debate e introspección, especialmente en Alemania que, siendo la mayor y mejor calificada economía de la UE, se ha visto colocada en la posición de decidir el futuro de Europa.
Es un rol que Alemania ha evitado intensamente y que continúa sin deseos de aceptar. Pero la decisión para Alemania verdaderamente no es tal. Una ruptura del euro precipitaría una crisis bancaria que superaría la capacidad de control de las autoridades financieras mundiales. Cuanto más demore Alemania en reconocer esto, mayor será el precio que deberá pagar.
¿POR QUÉ LA CRISIS ACTUAL?
¿Por qué la crisis actual?
Artículo publicado por Vicenç Navarro en el diario PÚBLICO, 11 de agosto de 2011
Este artículo explica la causa de la llamada crisis de la deuda pública que se basa en la vulnerabilidad de los Estados de la Eurozona frente a la especulación de los mercados financieros. Esta vulnerabilidad es consecuencia de como se estableció el euro, con la creación de un Banco Central Europeo que, en realidad, no ejerce las funciones de un banco central. La respuesta de los Estados a la especulación financiera es el debilitamiento del Estado del Bienestar y de la protección social, como resultado del enorme poder del capital financiero.
Cuando el presidente Richard Nixon decidió finalizar el Acuerdo de Bretton Woods, que había establecido el dólar como punto de referencia monetaria en el comercio internacional, se creó una enorme inestabilidad monetaria que impactó negativamente sobre el crecimiento económico mundial. La gran variablidad en el precio de las monedas dificultó el comercio internacional. Esta variabilidad afectó especialmente a los países que, como España, tenían una moneda débil (la peseta). Al empresario textil de Sabadell que exportaba sus productos, por ejemplo, a Alemania, le era difícil planificar su venta al mercado alemán porque no sabía cuál sería el valor del cambio del marco con la peseta a medio y largo plazo.
De ahí que, en parte como respuesta al colapso de Bretton Woods, se estableciera el euro en la mayoría de países de la Unión Europea. Con ello se eliminó la variabilidad del precio de la moneda y desapareció la posibilidad de que los mercados financieros especularan en base a esta variabilidad. Ya no se podría especular frente a la peseta pues esta dejó de existir, sustituida por el euro, una moneda más fuerte que se convirtió en la moneda de la comunidad de países de mayor peso económico en la Unión Europea (excepto Reino Unido). Pero en la manera en como se construyó el euro se establecieron las bases para que apareciera otro tipo de especulación, basada, no en la variabilidad del precio de las monedas, sino en la del precio de la deuda pública (y de sus intereses) entre los países de la eurozona. El modelo establecido conllevó que los estados de tales países no podían protegerse frente a la especulación. Se prohibió que los bancos centrales de tales países pudieran imprimir dinero y con ello comprar su propia deuda pública, que es lo que hace un banco central frente al peligro de la especulación. Cuando los mercados financieros quieren crear una percepción de crisis, promueven la idea (por parte de sus instrumentos: las agencias de valoración de la deuda pública) de que la deuda pública de un Estado no es muy segura, y con ello incrementan los intereses de los bonos que los bancos y otras instituciones financieras compran (forrándose así). Lo que los estados tienen que hacer frente a esta situación es que su banco central imprima dinero y compre mucha deuda pública propia, forzando una bajada de intereses.
Pero esto es lo que se prohibió a los países de la eurozona. A partir del establecimiento del euro, fue el mal llamado Banco Central Europeo (BCE) el único que podía imprimir dinero (los bancos centrales de los países de la eurozona no podían hacerlo). Y el BCE prestaba dinero a unos intereses bajísimos, a un 1%, a los bancos, pero no a los estados. Es más, al BCE no se le permitía tampoco comprar deuda pública de los estados. Y en el caso excepcional de que se viera forzado a hacerlo, como ahora, lo hacía comprando deuda pública a los bancos, a unos intereses elevadísimos. Era y es una práctica enormemente beneficiosa para la banca. Reciben dinero casi gratis (1% de interés) y con ello compran deuda pública con intereses muy elevados (6% en el caso de España) ingresando enormes cantidades de dinero público. Es la mayor transferencia de fondos del sector público al privado existente actualmente en cualquier país de la eurozona y ello como consecuencia de que el BCE no es un banco central, sino un enorme lobby de la banca (y muy en especial de la alemana y francesa). Con todo ello, los estados se han quedado totalmente desprotegidos frente a la especulación de su deuda pública por parte de los mercados financieros.
Un elemento clave para que se ejerza tal especulación son las agencias de rating (ver mi artículo La supeditación de las instituciones representativas a la banca, en www.vnavarro.org), de las cuales Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch son las más importantes. Estas agencias son meros instrumentos de los bancos y de las grandes entidades financieras. Indicadores de ello hay muchos. Uno de ellos es la evaluación con la categoría de máxima calidad de unos productos financieros que eran auténtica basura, y lo hacían horas antes de que se mostrara que tales productos eran, en realidad, de valor nulo, convirtiéndose en tóxicos para todo el sistema financiero.
El último ejemplo es la evaluación negativa por parte de Standard & Poor’s de los bonos públicos del Estado federal de EEUU (desvalorizando su categoría) como medida de presión para que el Gobierno federal recorte el gasto público y privatice la Seguridad Social. Tal rebaja del bono público se justificó con una proyección de la deuda pública basada en un error matemático que, ni más ni menos, dobló la cifra real de la deuda pública existente. Cuando a Standard & Poor’s se le comunicó el error, corrigió la cifra, reduciéndola por la mitad, sin variar sin embargo su rebaja de la valoración de los bonos, mostrando la naturaleza política y no científica de su valoración. Tales agencias carecen de credibilidad. En realidad, la demanda de bonos públicos del Estado federal ha aumentado después de que la agencia Standard & Poor’s rebajara su valor, dato que muestra su pérdida de credibilidad.
Por otra parte, la reducción del gasto público que se está exigiendo reducirá el crecimiento económico y con ello los ingresos al Estado, en una cantidad que es idéntica a la que tales recortes intentan conseguir, con lo cual, el Estado federal no conseguirá ningún ingreso o ahorro neto con los recortes. La crisis actual es una crisis artificial, creada para satisfacer los intereses del capital financiero en su intento de desmantelar el Estado del bienestar, privatizándolo. Es el ataque más frontal que haya existido en contra de la protección social, tanto en la UE como en EEUU. Este es el objetivo de la crisis.
martes, 9 de agosto de 2011
CAMBIAR EL SISTEMA
Nº: 190 Agosto 2011
Cambiar el sistema
Ignacio Ramonet
Le Monde diplomatique, versión digital española.
Los eurófilos más extasiados lo machacan sin cesar: si no dispusiéramos del euro, dicen, las consecuencias de la crisis serían peores para muchos países europeos. Divinizan un euro “fuerte y protector”. Es su doctrina y la defienden fanáticamente. Pero lo cierto es que tendrían que explicarles a los griegos (y a los irlandeses, a los portugueses, a los españoles, a los italianos y a tantos otros ciudadanos europeos vapuleados por los planes de ajuste) qué entienden por “consecuencias peores”... De hecho, estas consecuencias son ya tan insoportables socialmente que, en varios países de la eurozona, está subiendo, y no sin argumentos, una radical hostilidad hacia la moneda única y hacia la propia Unión Europea (UE).
No les falta razón a estos indignados. Porque el euro, moneda de 17 países y de sus 350 millones de habitantes, es una herramienta con un objetivo: la consolidación de los dogmas neoliberales (1) en los que se fundamenta la UE. Estos dogmas, que el Pacto de Estabilidad (1997) ratifica y que el Banco Central Europeo (BCE) sanciona, son esencialmente tres: estabilidad de los precios, equilibrio presupuestario y estímulo de la competencia. Ninguna preocupación social, ningún propósito de reducir el paro, ninguna voluntad de garantizar el crecimiento, y obviamente ningún empeño en defender el Estado de bienestar.
Con la vorágine actual, los ciudadanos van entendiendo que tanto el corsé de la Unión Europea, como el propio euro, han sido dos añagazas para hacerles entrar en una trampa neoliberal de la que no hay fácil salida. Se hallan ahora en manos de los mercados porque así lo han querido explícitamente los dirigentes políticos (de izquierda y derecha) que, desde hace tres decenios, edifican la Unión Europea. Ellos han organizado sistemáticamente la impotencia de los Estados con el fin de conceder cada vez más espacio y mayor margen de maniobra a mercados y especuladores.
Por eso se decidió (a insistencia de Alemania) que el BCE fuese “totalmente independiente” de los Gobiernos (2). Lo cual concretamente significa que queda fuera del perímetro de la democracia. De ese modo, ni los ciudadanos ni los Gobiernos elegidos por éstos pueden entorpecer sus opciones liberales.
Hoy, esas características (impotencia de los políticos, independencia del BCE) son en parte responsables de la incapacidad europea para resolver el drama de la deuda griega. La otra causa es que, bajo su aparente unidad, la UE (en este caso particular la eurozona) está profundamente dividida en dos bandos casi irreconciliables: por una parte, Alemania y su área de influencia (Benelux, Austria y Finlandia); por la otra: Francia, Italia, España, Irlanda, Portugal y Grecia.
El origen de la deuda griega (como el de la de los demás países periféricos afectados por la crisis de la deuda soberana, incluida España) es conocido. Cuando Grecia fue admitida en la zona euro (3), las instituciones financieras consideraron inmediatamente que este pequeño Estado presentaba, a pesar de su evidente fragilidad y de sus escasos recursos, todas las garantías necesarias para recibir créditos masivos y baratos. Llovieron sobre Atenas ofertas de financiación a tipos de interés de ganga, en particular por parte de bancos alemanes y franceses que incitaron a los gobernantes helenos a endeudarse a bajo coste y a largo plazo para adquirir principalmente material militar (4) alemán y francés...
Cuando estalla la crisis financiera de 2008 (llamada “de las subprimes”), ésta se extiende rápidamente al sector bancario europeo. Los establecimientos financieros carecen pronto de liquidez y restringen drásticamente el crédito. Lo que amenaza con asfixiar el conjunto de la economía. Para evitarlo, los Estados ayudan masivamente a la banca. Y la salvan. Para ello, se endeudan aún más comprando dinero en el mercado internacional (ya que el BCE se niega a ayudarlos). Ahí, de repente, intervienen las agencias de calificación que sancionan el excesivo endeudamiento de los Estados (¡realizado para salvar a los bancos!)... Inmediatamente los tipos de interés de los préstamos a los Estados más endeudados se disparan... Y se produce la crisis de la deuda soberana.
En sí misma, la deuda griega es insignificante si se tiene en cuenta que el PIB de Grecia representa menos del 3% del PIB de la eurozona. El problema, técnicamente, podía haberse resuelto hace ya más de un año sin gran dificultad. Pero el gobierno conservador alemán, que enfrentaba entonces unas complicadas elecciones locales (finalmente perdidas), estimó que no sería moralmente justo que los griegos, acusados de “corrupción” y de “laxismo”, saliesen tan rápidamente del mal paso. Había que castigarlos para que no cundiese “el mal ejemplo”.
Una ayuda demasiado rápida a Atenas, declaró Angela Merkel, “tiene el efecto negativo de que otros países en dificultades podrían dejar de hacer esfuerzos” (5). Por eso, con el apoyo de sus aliados, Berlín empezó a poner pegas de todo tipo. Dejando pasar los meses.
Plazo que los mercados, excitados por el desacuerdo político europeo, aprovecharon para cebarse en Grecia. Todo se complicó entonces. Finalmente, Alemania acabó por aceptar un (incompleto) plan de ayuda con una condición: que participase en él el Fondo Monetario Internacional (FMI). ¿Por qué? Por dos razones. Primero porque se estimaba que las instituciones europeas carecían de un verdugo lo suficientemente severo para escarmentar a los griegos. Segundo, porque la especialidad del FMI, desde hace cuarenta años, consiste en exigir siempre esfuerzos antisociales a los países endeudados. Sus recetas (aplicadas con saña en América Latina durante los años 1970 y 1980) son siempre las mismas: alza de las tasas al consumo, recortes brutales de los presupuestos públicos, estricto control de los salarios, privatizaciones masivas...(6).
El Gobierno de Papandreu tuvo que resignarse a adoptar un salvaje plan de austeridad. Pero el mal estaba hecho. El ritmo de la política europea es lento y largo, cuando el de los mercados es inmediato. Los especuladores entendieron que la Unión Europea era un gigante sin cerebro político, y el euro una “moneda fuerte” con estructura débil (no hay ejemplo en la historia, de una moneda que no esté encuadrada por una autoridad política). Atacaron a Irlanda, pasó lo mismo y volvieron a ganar. Atacaron a Portugal e ídem. Atacaron a España y a Italia, y los Gobiernos de estos países se apresuraron a autoimponerse las impopulares recetas del FMI.
Por toda Europa se extiende ahora la “doctrina de la austeridad expansiva”, que sus propagandistas presentan como un elixir económico universal cuando en realidad está causando un estrepitoso daño social. Peor aún, esas políticas de recortes agravan la crisis, asfixian a las empresas de todo tamaño al encarecer su financiación, y entierran la perspectiva de una pronta recuperación económica. Empujan a los Estados hacia la espiral de la autodestrucción, sus ingresos se reducen, el crecimiento no arranca, el paro aumenta, las (impresentables) agencias de calificación rebajan su nota de confianza, los intereses de la deuda soberana aumentan, la situación general empeora y los países vuelven a solicitar ayuda (7). Tanto Grecia, como Irlanda y Portugal –los tres únicos Estados “ayudados” hasta ahora por la Unión Europea (mediante el Fondo Europeo de Estabilización) y el FMI– han sidos precipitados, por los que Paul Krugman llama los “fanáticos del dolor” (8), a ese fatal tobogán.
Y el “Pacto del euro”, establecido en marzo pasado, tampoco resuelve nada. En realidad es una vuelta de tuerca suplementaria a la austeridad, un acuerdo “de competitividad” que prevé más recortes del gasto público, más medidas de disciplina fiscal, y penaliza principalmente –de nuevo– a los asalariados. Con amenazas de sanciones a los Estados que no cumplan el Pacto de Estabilidad (9). Propone la tutela de la deuda pública y un ritmo fijo de reducción, o sea: una limitación de la soberanía. “Los países europeos deben ser menos libres de emitir deuda”, afirma, por ejemplo, Lorenzo Bini Smaghi, miembro del directorio del BCE. Algunos eurócratas van más lejos, proponen que se le retire a un gobierno que no haya respetado el Pacto de Estabilidad, la responsabilidad de dirigir sus propias finanzas públicas...
Todo esto es absurdo y nefando. El resultado es una sociedad europea empobrecida en beneficio de la banca, de las grandes empresas y de la especulación internacional. Por ahora la legítima protesta de los ciudadanos se focaliza contra sus propios gobernantes, complacientes marionetas de los mercados. ¿Qué pasará cuando se decidan a concentrar su ira contra el verdadero responsable, o sea el sistema, es decir: la Unión Europea?
(1) Definidos en los Tratados de Maastricht (1993), de Amsterdam (1999), de Niza (2003) y de Lisboa (2009).
(2) Entre otras limitaciones, el BCE no puede prestar dinero a los Estados, sólo a la banca privada.
(3) Merced a un balance de su situación económica falseado y maquillado por el anterior gobierno conservador con la ayuda del banco estadounidense Goldman Sachs.
(4) Grecia es el principal importador de material militar de la Unión Europea, y el Estado que consagra a su defensa (por razones de rivalidad con Turquía) el mayor porcentage de su PIB.
(5) El País, Madrid, 18 de julio de 2011.
(6) Léase Philippe Askenazy, “L’austérité imposée à la Grèce, de Charybde en Scylla”, Le Monde, París, 19 de juliode 2011.
(7) Aunque ha sido recibido con alivio por la prensa neoliberal, el nuevo plan de rescate a Grecia, anunciado el pasado 21 de julio, de poco servirá. Los mercados y los fondos buitres han olido la sangre y no detendrán sus ataques mientras no se les frene con auténticos cambios estructurales.
(8) Paul Krugman, “Cuando la austeridad falla”, El País, Madrid, 24 de mayo de 2011.
(9) Que fija el límite para el déficit presupuestario en un 3% del PIB, y el de la deuda soberana en un 60% del PIB.
Cambiar el sistema
Ignacio Ramonet
Le Monde diplomatique, versión digital española.
Los eurófilos más extasiados lo machacan sin cesar: si no dispusiéramos del euro, dicen, las consecuencias de la crisis serían peores para muchos países europeos. Divinizan un euro “fuerte y protector”. Es su doctrina y la defienden fanáticamente. Pero lo cierto es que tendrían que explicarles a los griegos (y a los irlandeses, a los portugueses, a los españoles, a los italianos y a tantos otros ciudadanos europeos vapuleados por los planes de ajuste) qué entienden por “consecuencias peores”... De hecho, estas consecuencias son ya tan insoportables socialmente que, en varios países de la eurozona, está subiendo, y no sin argumentos, una radical hostilidad hacia la moneda única y hacia la propia Unión Europea (UE).
No les falta razón a estos indignados. Porque el euro, moneda de 17 países y de sus 350 millones de habitantes, es una herramienta con un objetivo: la consolidación de los dogmas neoliberales (1) en los que se fundamenta la UE. Estos dogmas, que el Pacto de Estabilidad (1997) ratifica y que el Banco Central Europeo (BCE) sanciona, son esencialmente tres: estabilidad de los precios, equilibrio presupuestario y estímulo de la competencia. Ninguna preocupación social, ningún propósito de reducir el paro, ninguna voluntad de garantizar el crecimiento, y obviamente ningún empeño en defender el Estado de bienestar.
Con la vorágine actual, los ciudadanos van entendiendo que tanto el corsé de la Unión Europea, como el propio euro, han sido dos añagazas para hacerles entrar en una trampa neoliberal de la que no hay fácil salida. Se hallan ahora en manos de los mercados porque así lo han querido explícitamente los dirigentes políticos (de izquierda y derecha) que, desde hace tres decenios, edifican la Unión Europea. Ellos han organizado sistemáticamente la impotencia de los Estados con el fin de conceder cada vez más espacio y mayor margen de maniobra a mercados y especuladores.
Por eso se decidió (a insistencia de Alemania) que el BCE fuese “totalmente independiente” de los Gobiernos (2). Lo cual concretamente significa que queda fuera del perímetro de la democracia. De ese modo, ni los ciudadanos ni los Gobiernos elegidos por éstos pueden entorpecer sus opciones liberales.
Hoy, esas características (impotencia de los políticos, independencia del BCE) son en parte responsables de la incapacidad europea para resolver el drama de la deuda griega. La otra causa es que, bajo su aparente unidad, la UE (en este caso particular la eurozona) está profundamente dividida en dos bandos casi irreconciliables: por una parte, Alemania y su área de influencia (Benelux, Austria y Finlandia); por la otra: Francia, Italia, España, Irlanda, Portugal y Grecia.
El origen de la deuda griega (como el de la de los demás países periféricos afectados por la crisis de la deuda soberana, incluida España) es conocido. Cuando Grecia fue admitida en la zona euro (3), las instituciones financieras consideraron inmediatamente que este pequeño Estado presentaba, a pesar de su evidente fragilidad y de sus escasos recursos, todas las garantías necesarias para recibir créditos masivos y baratos. Llovieron sobre Atenas ofertas de financiación a tipos de interés de ganga, en particular por parte de bancos alemanes y franceses que incitaron a los gobernantes helenos a endeudarse a bajo coste y a largo plazo para adquirir principalmente material militar (4) alemán y francés...
Cuando estalla la crisis financiera de 2008 (llamada “de las subprimes”), ésta se extiende rápidamente al sector bancario europeo. Los establecimientos financieros carecen pronto de liquidez y restringen drásticamente el crédito. Lo que amenaza con asfixiar el conjunto de la economía. Para evitarlo, los Estados ayudan masivamente a la banca. Y la salvan. Para ello, se endeudan aún más comprando dinero en el mercado internacional (ya que el BCE se niega a ayudarlos). Ahí, de repente, intervienen las agencias de calificación que sancionan el excesivo endeudamiento de los Estados (¡realizado para salvar a los bancos!)... Inmediatamente los tipos de interés de los préstamos a los Estados más endeudados se disparan... Y se produce la crisis de la deuda soberana.
En sí misma, la deuda griega es insignificante si se tiene en cuenta que el PIB de Grecia representa menos del 3% del PIB de la eurozona. El problema, técnicamente, podía haberse resuelto hace ya más de un año sin gran dificultad. Pero el gobierno conservador alemán, que enfrentaba entonces unas complicadas elecciones locales (finalmente perdidas), estimó que no sería moralmente justo que los griegos, acusados de “corrupción” y de “laxismo”, saliesen tan rápidamente del mal paso. Había que castigarlos para que no cundiese “el mal ejemplo”.
Una ayuda demasiado rápida a Atenas, declaró Angela Merkel, “tiene el efecto negativo de que otros países en dificultades podrían dejar de hacer esfuerzos” (5). Por eso, con el apoyo de sus aliados, Berlín empezó a poner pegas de todo tipo. Dejando pasar los meses.
Plazo que los mercados, excitados por el desacuerdo político europeo, aprovecharon para cebarse en Grecia. Todo se complicó entonces. Finalmente, Alemania acabó por aceptar un (incompleto) plan de ayuda con una condición: que participase en él el Fondo Monetario Internacional (FMI). ¿Por qué? Por dos razones. Primero porque se estimaba que las instituciones europeas carecían de un verdugo lo suficientemente severo para escarmentar a los griegos. Segundo, porque la especialidad del FMI, desde hace cuarenta años, consiste en exigir siempre esfuerzos antisociales a los países endeudados. Sus recetas (aplicadas con saña en América Latina durante los años 1970 y 1980) son siempre las mismas: alza de las tasas al consumo, recortes brutales de los presupuestos públicos, estricto control de los salarios, privatizaciones masivas...(6).
El Gobierno de Papandreu tuvo que resignarse a adoptar un salvaje plan de austeridad. Pero el mal estaba hecho. El ritmo de la política europea es lento y largo, cuando el de los mercados es inmediato. Los especuladores entendieron que la Unión Europea era un gigante sin cerebro político, y el euro una “moneda fuerte” con estructura débil (no hay ejemplo en la historia, de una moneda que no esté encuadrada por una autoridad política). Atacaron a Irlanda, pasó lo mismo y volvieron a ganar. Atacaron a Portugal e ídem. Atacaron a España y a Italia, y los Gobiernos de estos países se apresuraron a autoimponerse las impopulares recetas del FMI.
Por toda Europa se extiende ahora la “doctrina de la austeridad expansiva”, que sus propagandistas presentan como un elixir económico universal cuando en realidad está causando un estrepitoso daño social. Peor aún, esas políticas de recortes agravan la crisis, asfixian a las empresas de todo tamaño al encarecer su financiación, y entierran la perspectiva de una pronta recuperación económica. Empujan a los Estados hacia la espiral de la autodestrucción, sus ingresos se reducen, el crecimiento no arranca, el paro aumenta, las (impresentables) agencias de calificación rebajan su nota de confianza, los intereses de la deuda soberana aumentan, la situación general empeora y los países vuelven a solicitar ayuda (7). Tanto Grecia, como Irlanda y Portugal –los tres únicos Estados “ayudados” hasta ahora por la Unión Europea (mediante el Fondo Europeo de Estabilización) y el FMI– han sidos precipitados, por los que Paul Krugman llama los “fanáticos del dolor” (8), a ese fatal tobogán.
Y el “Pacto del euro”, establecido en marzo pasado, tampoco resuelve nada. En realidad es una vuelta de tuerca suplementaria a la austeridad, un acuerdo “de competitividad” que prevé más recortes del gasto público, más medidas de disciplina fiscal, y penaliza principalmente –de nuevo– a los asalariados. Con amenazas de sanciones a los Estados que no cumplan el Pacto de Estabilidad (9). Propone la tutela de la deuda pública y un ritmo fijo de reducción, o sea: una limitación de la soberanía. “Los países europeos deben ser menos libres de emitir deuda”, afirma, por ejemplo, Lorenzo Bini Smaghi, miembro del directorio del BCE. Algunos eurócratas van más lejos, proponen que se le retire a un gobierno que no haya respetado el Pacto de Estabilidad, la responsabilidad de dirigir sus propias finanzas públicas...
Todo esto es absurdo y nefando. El resultado es una sociedad europea empobrecida en beneficio de la banca, de las grandes empresas y de la especulación internacional. Por ahora la legítima protesta de los ciudadanos se focaliza contra sus propios gobernantes, complacientes marionetas de los mercados. ¿Qué pasará cuando se decidan a concentrar su ira contra el verdadero responsable, o sea el sistema, es decir: la Unión Europea?
(1) Definidos en los Tratados de Maastricht (1993), de Amsterdam (1999), de Niza (2003) y de Lisboa (2009).
(2) Entre otras limitaciones, el BCE no puede prestar dinero a los Estados, sólo a la banca privada.
(3) Merced a un balance de su situación económica falseado y maquillado por el anterior gobierno conservador con la ayuda del banco estadounidense Goldman Sachs.
(4) Grecia es el principal importador de material militar de la Unión Europea, y el Estado que consagra a su defensa (por razones de rivalidad con Turquía) el mayor porcentage de su PIB.
(5) El País, Madrid, 18 de julio de 2011.
(6) Léase Philippe Askenazy, “L’austérité imposée à la Grèce, de Charybde en Scylla”, Le Monde, París, 19 de juliode 2011.
(7) Aunque ha sido recibido con alivio por la prensa neoliberal, el nuevo plan de rescate a Grecia, anunciado el pasado 21 de julio, de poco servirá. Los mercados y los fondos buitres han olido la sangre y no detendrán sus ataques mientras no se les frene con auténticos cambios estructurales.
(8) Paul Krugman, “Cuando la austeridad falla”, El País, Madrid, 24 de mayo de 2011.
(9) Que fija el límite para el déficit presupuestario en un 3% del PIB, y el de la deuda soberana en un 60% del PIB.
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